México, D.F.-
Andrés Manuel López Obrador irrumpe de forma sorpresiva en el salón del Hotel Hilton Alameda, con una pesada loza encima de siete puntos de desventaja.
Mientras el presidente Felipe Calderón emite un mensaje en cadena nacional, el hombre de Macuspana ingresa al recinto en que se le ha esperado toda la noche, y donde emite su único mensaje: “No está dicha la última palabra”.
Es 1 de julio, el tan ansiado, el que despeja la duda. A López Obrador se le nota en el rostro dureza, seriedad. Es de noche y acaba de terminar un cónclave con su equipo más cercano en la colonia Roma, en su casa de campaña: Cuauhtémoc Cárdenas; el jefe de Gobierno capitalino, Marcelo Ebard, el ex rector Juan Ramón de la Fuente; Manuel Camacho Solís; Lázaro Cárdenas, y al final Elena Poniatowska.
Como premonición, la noche enfría y una leve llovizna amenaza más a los que lo esperan del otro lado, en el Hilton.
Durante la danza de las cifras, los seguidores del candidato de izquierda improvisan un mitin y gritan a las afueras del hotel con el consabido “¡No estás solo!” y “¡Presidente!”.
A esa hora de la noche, los números parecen ya no alcanzarle a este hombre de Macuspana, y se vuelven una pesada loza de entre 10 y 12 puntos, suficiente para no dar margen a la voltereta.
Cierran avenida Juárez y usan el altavoz para advertir que “¡Si hay imposición habrá revolución!”.
Los jóvenes afirman que van a impedir el fraude esta vez, y culpan al IFE. “No más fraude”, grita la multitud durante la noche.
La mañana parecía depararle otra suerte. Su llegada a la casilla —vestido con traje y corbata— para votar es tempranera, pero tiene que esperar más de una hora.
En ese lapso —acompañado de su familia, su esposa Beatriz Gutiérrez y sus cuatro hijos— a Andrés Manuel López Obrador le siguen pidiendo autógrafos, fotografías, saludos, firmas de libros.
“¡Arriba Quadri!” le gritan desde un camión. Un hombre se le acerca y le dice que él es “su amuleto” pues es hijo de su padrino. Él sonríe. La siguiente parada es su casa en la calle de Heriberto Frías en la colonia del Valle. Confiesa que no votó por él, sino por el escritor José María Pérez Gay. Hace seis años lo hizo por el fallecido Carlos Monsiváis, como una forma de evitar el ego exacerbado.
Ya por la noche, el IFE confirma que son siete puntos los que le separan del candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Peña Nieto, y él pide esperar al conteo final.
Al Hotel Hilton llega poco después de las 23:15 horas, y el mitin que lo espera es una gran fiesta, lo reciben con vítores, aunque hay un dejo de pesar.
Lo esperan secretarios de su eventual gabinete como Javier Jiménez Espriú, Miguel Torruco, o René Drucker, y personajes como Porfirio Muñoz Ledo, Alejandra Barrales, Martí Batres, Bernardo Bátiz, Rosario Ibarra.
La zona VIP se queda casi sola. Todos se quedan sin festejo cuando en una gran pantalla el presidente del Instituto Federal Electoral (IFE) refiere que son siete puntos los que lo separan del puntero Enrique Peña Nieto.
López Obrador se para en el atril y dice que prefiere esperar hasta el miércoles, para tener los datos oficiales.














